sábado, 25 de abril de 2015

Estación 1: Inicios de un lector, nada-todo es para siempre


Desde mi infancia, estuve familiarizado con los cuentos tradicionales: Cenicienta, La bella durmiente, Blancanieves, La sirenita, La Bella y la bestia, El patito feo y un largo etcétera marcaron horas doradas de mi niñez. En más de una ocasión me identifiqué con las dificultades de las hermosas -y quizás no tan inteligentes- protagonistas, y cada vez que leía "...Y vivieron felices para siempre." me retorcía de emoción, pensando en lo maravillosa que sería la vida si fuera un relato en el que  todo concluyera trazando esas mágicas palabras. Yo recorría el mundo en un tren de cristal, con la esperanza de llegar a una tierra soñada. 



Aquí debería quizás aparecer una fotografía mía de niño leyendo, pero soy protector de mi imagen privada, así que imagínenme en una habitación similar, con peluches similares y un libro similar (... Cambien el vestido por unos shorts y polera). 


Pero no sólo leía cuentos de hadas y magia, recuerdo con mucho cariño los momentos que pasaba en la pequeña y acogedora biblioteca de la escuela, mientras buscaba títulos atractivos. También recuerdo las tardes en las que acompañaba a mi madre, con la esperanza de que en ese destino  descubriera una pequeña biblioteca. A pesar de que fui madurando en mis gustos lectores, fuere el libro que fuere, mi criterio para estimar su calidad literaria era si tenía o no un "final feliz". Eso no cambiaba.

Hasta que...un día...

 En la vida real nada es para siempre (léalo con tono melódico de Fabiana Cantilo). Aprendí que soñar con finales felices te revelaba como un ingenuo, un infantil, un iluso...un soñador  que en cualquier momento se caería  de su tren de cristal. Es aquí cuando comenzó la etapa de la ballena. Me caí del trencito y en un impulso de rabia, le pegué una patada tan fuerte que ambos salimos lastimados: yo me hice una herida que demoraría mucho en sanar y el sueño hecho  tren se hizo pedazos. 

Meses difíciles, años difíciles, adolescencia difícil. La lectura se hizo mi herramienta para sólo lograr notas aceptables, mientras mi pie todavía se resentía por el vínculo perdido. Aunque como toda etapa, esta tuvo su fin. De a poco comencé a juntar los pedazos y a rearmar el tren de cristal. Me reencontré con las historias, con el gusto de recorrer las palabras, de admirar sus trazos y saborear sus significados. 

Ahora estoy en un tren del que no me pienso bajar, en el que todo es para siempre. La herida de mi pie ya desapareció. 

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