Aquí debería quizás aparecer una fotografía mía de niño leyendo, pero soy protector de mi imagen privada, así que imagínenme en una habitación similar, con peluches similares y un libro similar (... Cambien el vestido por unos shorts y polera).
Pero no sólo leía cuentos de hadas y magia, recuerdo con mucho cariño los momentos que pasaba en la pequeña y acogedora biblioteca de la escuela, mientras buscaba títulos atractivos. También recuerdo las tardes en las que acompañaba a mi madre, con la esperanza de que en ese destino descubriera una pequeña biblioteca. A pesar de que fui madurando en mis gustos lectores, fuere el libro que fuere, mi criterio para estimar su calidad literaria era si tenía o no un "final feliz". Eso no cambiaba.
Hasta que...un día...
En la vida real nada es para siempre (léalo con tono melódico de Fabiana Cantilo). Aprendí que soñar con finales felices te revelaba como un ingenuo, un infantil, un iluso...un soñador que en cualquier momento se caería de su tren de cristal. Es aquí cuando comenzó la etapa de la ballena. Me caí del trencito y en un impulso de rabia, le pegué una patada tan fuerte que ambos salimos lastimados: yo me hice una herida que demoraría mucho en sanar y el sueño hecho tren se hizo pedazos.
Meses difíciles, años difíciles, adolescencia difícil. La lectura se hizo mi herramienta para sólo lograr notas aceptables, mientras mi pie todavía se resentía por el vínculo perdido. Aunque como toda etapa, esta tuvo su fin. De a poco comencé a juntar los pedazos y a rearmar el tren de cristal. Me reencontré con las historias, con el gusto de recorrer las palabras, de admirar sus trazos y saborear sus significados.
Ahora estoy en un tren del que no me pienso bajar, en el que todo es para siempre. La herida de mi pie ya desapareció.
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